Una de encasillamientos
Publicado: 15 junio, 2012 Archivado en: EURO 2012, Selección Española | Tags: Del Bosque, Entornos, Fernando Llorente, Periodismo deportivo Deja un comentario »
¿Os acordáis de Fernando Llorente? Sí, “el chico aquel que salió contra Portugal en el Mundial” y cinceló en dos golpes de tronco a tres defensas y medio (Pepe, Carvalho, Bruno Alves y Ricardo Costa) durante 31 minutos, desorientando el esquema de lo práctico y deshollinando el perfil de ataque de un equipo que bastante había tenido con el susto del debut. Probablemente, el gigante feliz, prudente y racional que lleva el nueve de verdad (no sólo el de la camiseta) en el Athletic más desafortunado pero mejor valorado que se recuerda en la última década esté describiendo, a su pesar, una de las más claras historias de encasillamiento de un futbolista que se recuerda. A su pesar porque no es demérito suyo, porque es algo que, por circunstancias de la producción informativa, escapa a su rendimiento y su realidad, quedando exclusivamente en manos de los sabedores de fútbol y de los desfigurados amigos que aconsejan al oído con voz dulce mientras encañonan los riñones del que decide. De Llorente se recuerda únicamente aquel partido, del que van a cumplirse ya dos años, y no el doblete contra los gigantes lituanos en Salamanca o el gol salvador, apenas unos días después, y saliendo del banquillo, contra un Escocia romántica que se encontró las cosas demasiado cuesta abajo para tener enfrente a toda una recién campeona del mundo.
Tampoco hay mucha gente dispuesta a levar la voz tirando de libreta y lápiz (necesario, por los borrones) con el monstruo de los argumentos, la estadística, recordando que ésta ha sido su mejor temporada goleadora (29 tantos), dejando en el purgatorio de los humillados, y con mucho, a los segundos mejores del Barça (Pedro, Alexis, Villa por razones obvias y otros nueves del montón), casi triplicando la cifra de Fernando Torres (11 goles este año en casi medio centenar de partidos con el Chelsea, 21 meses sin marcar uno oficial con España hasta que se desquitó contra Irlanda), y por encima también de Higuaín (26), por soltar retales de listones adorados, biennombrados y casi inmunes a la duda o el debate, impermeables a la crítica, protegidos insignes de los que mandan, que por necesidades del guión de este telefilme dominical de pacotilla, suelen ser también los que menos empeño ponen en saber. Llorente clavó este año goles en el Bernabéu, en Gelsenkirchen y en Old Trafford, a vuelapluma tres escenarios de ensueño para llevarse la mano al escudo y éste, a los labios por agradecer a los que sueñan con ser como él que condicionen su fin de mes por patrocinar también sus afonías en la grada, pero en las quinielas, los rellanos, los bares, las salas de prensa y los interesados ágapes a gastos pagados, sea tabú nombrarle como opción por delante de otros o de cualquiera, según la falta que parezca hacer echar mano de su dedicación.
Pese a estar encasillado como el ariete ‘tronco’ (nada más lejos, quien le haya visto más de diez minutos lo sabe) que siempre toca vestir cuando hablamos de delanteros que ven el mundo desde casi dos metros de altura, y del maltrato generalizado y jocoso que la opinión pudiente ha forjado en torno a su silueta, Llorente tiene ante sí una oportunidad de oro si sabe vender su llanto y melancolía detrás del micrófono, llevarse la mano a la oreja, torcer la boca disgustado, o sencillamente regodearse en el victimismo más bacín, estrategia con la que parece haberle ido mejor a otros delanteros españoles en esta apañada carrera por aparentar quitar la razón al entrenador campeón del mundo en su lucha por defender una postura, la dichosa de la referencia sí o la referencia no. Del Bosque sigue resoplando cuando le toca mover una ficha porque sabe que cualquier decisión que tome va a despertar a las fieras de un bando y las va a enfrentar con los de otro, hoy que hemos entendido que firmar con la camiseta puesta da más rédito que ser optimista, aunar razones y consensuar el debate sin necesidad de faltar o de recurrir a los tan atractivos delirios persecutorios que siempre acompañan a un grupo coral y nada homogéneo si pintan intereses ocultos y favores a deber para con amigos, colegas, conocidos o sencillamente, gente que te cruzas por los pasillos y a los que te encantaría gritar a la cara lo que, por conveniencia, no te queda más remedio que mascullar entre dientes con el único fin de evitar el conflicto humano derivado del futbolero. Y aun así, Vicente acierta una y otra vez, diseñando oportunidades, dando palmaditas a los furibundos, agradeciéndoles su esfuerzo por desunir, por oscurecer intenciones y méritos. Venga, vale. Saco a Torres contra Irlanda, que meta un par de goles y al menos me aseguro tres días de calma, de azúcar, de caricias y de silencio y aprobación por parte del, probablemente, grupo de presión menos razonable del fútbol español en la actualidad.
A Fernando Llorente le falta precisamente eso que le sobran a otros, a los amigos de, a los legendarios, los insoportables ganadores: un grupo de gente elegida, y a poder ser con más voto que voz, que ensalce hasta el hartazgo toda la variedad de recursos, opciones, cualidades y bondades humanas de un delantero que ya no es ningún pipiolo (va por los 27, como Mario Gómez), y que pongan a prueba la permeabilidad de un hombre en apariencia blando como Del Bosque, pero listo y zorro como pocos. Sabía que era malo dar referencia a Italia, pero se empató y el malo pasó a ser él; sabía que a Irlanda se le podía golear fácil con o sin referencia, y templó el debate más tonto de los últimos años dando el peto de titular al único nombre que sonaba para tomar el relevo de otro en el once. Porque sí, porque me cae bien, porque jugó en mi Atleti y porque esto es Ejpaña, coño, y como dijo Voltaire, “no estoy de acuerdo contigo pero defenderé con mi vida tu derecho a decirlo”. De Llorente y Negredo, ni hablar. Ni juegan en el Madrid, ni en el Barça, ni fueron durante unos años ilusión de un grande venido a menos. O quizás sí. Tal vez no sea tan distinta la historia entre todos, aunque al fútbol todavía se juega sólo con once. Lo que ocurre es que en decidir quién sí y quién no se han empezado a jugar unas cartas odiosas que no miran, y es crudo codificarlo y definirlo, por el bien común, sino, como estaba escrito, por el irse a la cama sintiéndose el gurú más perfecto del fútbol en un rincón a ninguna parte, fuera de los rótulos. Llegas a casa y dices, satisfecho: “¿Ves como tenía razón? Si es que tiene que jugar Torres, joder”. Por dos goles a Irlanda. Del Bosque, en cambio, se va aún más feliz a la cama, aunque la papeleta sea macanuda. Tiene tres días para decidir a quién dar el próximo Premio a la Insistencia de la Prensa, pero no parece que Llorente vaya a llevárselo tampoco. Pese a Portugal, a los 29 goles, a Old Trafford, a las dos finales, al 1.95 de músculo y firmeza o a la digna discreción con la que lleva que media España le tenga encasillado.
Y menos mal que a nadie le dio por esperar a Villa.
