Mourinho, el Camp Nou y las cuentas pendientes

Corría el 31 de mayo del año 2010 cuando José Mario Santos Mourinho Félix llegaba a la capital de España para firmar por el, según muchos, él mismo entre ellos, equipo más grande de todos los tiempos. El preparador luso se acomodaba en la silla y dejaba ya sus primeras perlas, entre ellas una que servía de declaración de intenciones para compañeros y adversarios:

“En mi diccionario no existe la palabra miedo y no quiero que figure en el de mis jugadores”.

Es cierto que el carácter atrevido y arrogante de The Special One casa con la frase de marras, pero nada más lejos de la realidad: a la primera ocasión que José pisó el Camp Nou como técnico del Real Madrid, sufrió un inolvidable correctivo en forma de mano abierta. Si echamos la vista atrás, recordamos al mismísimo Maxi López derribando un muro débil y agrietado, a Didier Drogba protagonizando remakes de “Salvar al soldado Ryan” una y otra vez y, cómo no, a Samuel Eto’o de lateral izquierdo.

Mucho ha llovido desde entonces. Mou consiguió consolidarse como dueño absoluto de la parcela deportiva del club madrileño, expulsando a Jorge Valdano y colocando a su amigo Jorge Mendes como una especie de gestor de la plantilla y beneficiario de numerosas comisiones fruto de fichajes, algunos más acertados que otros, y de renovaciones como la de Ricardo Carvalho, descartado posteriormente por el técnico de forma un tanto misteriosa. Al otro lado, la afición: esa fiel hinchada merengue, unida toda ella, cuyo único interés era el Real Madrid, el club, el escudo, la historia, ahora dividida; unos, reproduciendo todas y cada una de las palabras del divino entrenador, cuales papagayos de los Trópicos, dogmatizándolas, glorificándolas; otros, que, haberlos haylos, preocupados por la pérdida de algunos de los valores que siempre han caracterizado al cuadro de Concha Espina y por que el fin justifique los medios.

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En búsqueda de la perfección

Junio de 2008. Nadie imaginaba que aquel día 22 sería sólo el comienzo del viaje. La mezcla de euforia con la satisfacción de haber roto el maleficio que persiguió a la Selección durante 24 años no nos hacía ver más allá; ya estábamos contentos con haber pasado los cuartos, más si cabe cuando la gesta se había producido contra la gran Italia y en la tanda de penaltis.  ”Esta es la nuestra. Hay que ganar la Eurocopa como sea”, me decía un amigo, cuyas palabras oía pero no escuchaba, saciado, al haber acabado con la obsesión, con la paranoia de los cuartos. España estaba en semifinales de una competición internacional. Lo nunca visto.

Llegó entonces la exhibición contra Rusia y la final contra Alemania en el Prater de Viena. El gol de Torres, el partidazo de Senna, el torneo de Xavi, la culminación de un estilo, de una manera de ver la vida. Eramos campeones de Europa de la mano de un entrenador que sólo había recibido críticas hasta antes de comenzar el campeonato. Empezó el sueño.

Junio de 2010. Se acercaba el comienzo del Mundial. España era favorita al título; esta vez no sólo lo aseguraba la soberbia y engreída prensa de nuestro país. Lo decían todos. Y, no sólo estaba entre las postulantes, sino que era la candidata, la que todos temían, la que envidiaban puertas para adentro y atacaban públicamente.

“España necesita que le pongan arcos a los lados”, decía Diego Armando Maradona, en referencia a la incapacidad de la Selección para anotar tantos. “¿Candidato? ¡Joder!”, decían en el país del jugador más grande de todos los tiempos, en lo que a la postre se convertiría en el hazmerreír, el símbolo de la derrota más humillante.

Pasábamos rondas mientras las conjeturas sobre la invalidez del doble pivote se iban apaciguando. La realidad iba devolviendo a los bufones a sus palacios de madera y paja, a los payasos a sus circos. España se había convertido en un equipo ultra competitivo gracias a Vicente Del Bosque, que entendió a la perfección lo que necesitaba el conjunto para poder tener la oportunidad de alcanzar la gloria. Y es que en la Copa del Mundo no sólo bastaba con jugar bonito, divertir al espectador; había que competir, que correr, que sangrar (que se lo digan a Gerrard Piqué), que estar en los momentos clave. “La Roja”, como los dueños de la otra mitad de la moral odian que se le llame a un equipo que ni les va ni les viene, se convertía en campeona del mundo con todos los honores.

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El último tren hacia la gloria

“Ganar la Champions no puede ser una obsesión para nosotros, debe ser un sueño, un objetivo”, decía José Mourinho poco tiempo después de sentarse por primera vez en el banquillo del Santiago Bernabéu. El técnico portugués sufrió en sus carnes esa obstinación cuando entrenaba a aquel Chelsea cuyos pilares básicos lo formaban tres de los integrantes de la Generación de Oro del fútbol inglés (John Terry, Frank Lampard y Ashley Cole) y ese incomprendido llamado Didier Drogba. Una etapa que concluyó con más lágrimas que sonrisas cuando el de Setúbal se marchó del cuadro londinense a pesar de las suplicas de, entre otros, el delantero costamarfileño, que le rogaban que se quedase junto a ellos, que no les abandonara en su preestablecido camino hacia el éxito.

Quizá Mourinho se percatara a tiempo de que aquel club no era tal y como lo pintaban, que no estaba destinado a hacer historia, por mucho que los tabloides británicos lo llegaran a repetir hasta la saciedad. El caso es que, ya con Avram Grant en el banquillo, llegó Moscú, el United, Van der Sar bajo la lluvia y el resbalón de Terry. Todo terminó de la peor y más fatídica forma imaginable. Y es que muchos, entre los que un servidor se incluye, pensaron en aquel momento que el Chelsea se merecía aquella dolorosa derrota. Se lo merecía porque detrás de la evidente propaganda que trataba de vender al espectador el concepto de bloque sólido, equilibrado, de conjunto ganador, se encontraba una de las filosofías más pobres jamás contempladas en el fútbol europeo de las últimas décadas; donde unos apelaban a la solidez, otros veían un sistema defensivo rácano, y donde se aludía al carácter ganador, otros veían el miedo en los ojos de los blues, un temor constante que les impedía dejarse de historias e ir a por la victoria.

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Eres tú, Mancini

Restaban tres minutos para la conclusión del encuentro en el Emirates Stadium cuando Mikel Arteta enganchó un derechazo que se coló en la portería de Joe Hart. El tanto sirvió para desnivelar la balanza y a la postre dar la victoria a un Arsenal que vuelve a encontrarse en una posición privilegiada en relación con el resto de equipos que disputan los puestos que dan derecho a disputar la próxima edición de la Champions League. De esta forma, su rival, el Manchester City, el del dinero ilimitado y las expectaciones por las nubes, volvía a tropezar una vez más, con la diferencia de que, esta vez, la derrota sirve en bandeja el título liguero a sus vecinos del United.

Concluía el choque y las cámaras enfocaban a un solo hombre: el cariacontecido, el pusilánime, el triste Roberto Mancini, que deambulaba por el estadio londinense, quién sabe si buscando espaldas sobre las que colocar ese insoportable peso al que algunos llaman culpa y otros responsabilidad. La cuestión es que, un día después, uno echa un vistazo a los tabloides y se cerciora de que la primera decisión del preparador italiano tras el desastre de la tarde del domingo no es otra que el anunciar que es probable que el de ayer haya sido el último partido de Mario Balotelli con la casaca celeste.

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El futuro es de Cavani

Minuto 80 de partido en el Friuli. El Udinese se impone con claridad al Nápoles por dos goles a cero. Se produce una falta al borde del área y Edinson Cavani, a pesar de haber fallado una pena máxima que podría haber puesto a su equipo a un solo gol del ansiado empate, agarra el balón y lo coloca, obviando la resignación y la impotencia que sentía apenas unos minutos antes. El uruguayo observa: la barrera, el portero, el cúmulo de jugadores que se agolpan en el área del cuadro blanquinegro… Apenas el colegiado hace sonar el silbato, el 7 del conjunto celeste dispara, imprimiéndole un suave toque con efecto a la pelota y aprovechando la mala colocación, tanto del muro de defensas, como del propio Handanovič. El cuero se introduce en la portería local, llevando la inquietud y la incertidumbre al frío estadio del noreste italiano. Y es que apenas cinco minutos después, el charrúa volvía a golpear, esta vez con un gran movimiento entre líneas y una definición digna de los mejores arietes del fútbol mundial.

Fue Cavani y no el Nápoles el que empató aquel partido. Fue el Matador, tal y como lo conocen en el país transalpino, el que gracias a su calidad, su técnica, su inteligencia y, cómo no, “el huevo”, que dirían los argentinos, que siempre muestra en el terreno de juego, igualó un choque de vital importancia para los suyos.

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Messi, Iniesta y Alexis

Trece puntos separaban al F.C. Barcelona del Real Madrid a las 21:39 de la noche de ayer, justo cuando Pablo Piatti anotaba el primer gol del partido que enfrentaba al conjunto catalán y al Valencia, haciendo así sonar las alarmas en el Camp Nou y, de esta forma, volviendo a generar un debate un tanto aburrida en la que la palabra crisis es máxima protagonista. Después, todos fuimos espectadores cómo esa discusión se despejaba, una vez más, gracias a una nueva exhibición del que para algunos es el mejor jugador de la historia.

Con Getafe y Pamplona en la memoria, las dudas y, sobre todo, el miedo que sobrevolaba el estadio barcelonés quedaron dilapidados en menos de lo que canta un gallo. Una vez más, la actuación individual de uno de los componentes del cuadro culé sobresalió por encima del colectivo, algo que en los últimos tiempos se está convirtiendo en habitual, mientras que hasta hace no mucho contradecía la base sobre la que descansaba tan exitoso club: el concepto de equipo.

No es que la filosofía de Guardiola se haya transformado, sino que la competición al más alto nivel provoca una serie de situaciones, de cambios, para los que una escuadra de la talla del Barcelona tiene que estar preparada. Y en eso, en levantarse de los golpes, en continuar tratando de mejorar aunque los encuentros acaben con goleadas a favor…en definitiva, en adaptarse al medio, el Barça es el mejor y, por ahora, no tiene rival alguno.

Hace apenas dos años, cuando los azulgrana habían alcanzado el súmmum de la exquisitez futbolística, el de Sampedor dio con la tecla que, al pulsarla, les haría pasar de ser grandiosos y envidiables a ser contundentes e imparables: la solidaridad entre compañeros en los distintos lances del juego, el rigor táctico y, por encima de todo, la construcción de una defensa implacable de la que nacieran la superioridad en la posesión del balón y la creación de infinidad de ocasiones de gol. Ahora, y con siete títulos más en las vitrinas, Pep conoce que, a pesar de que los suyos no estén tan en forma como de costumbre, el nivel de competitividad no está obligado a descansar en el colectivo, como antes señalábamos.

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Algo más que mala suerte

“Papá, ¿por qué somos del Atleti?”, reza el conocido anuncio a cargo de la agencia Sra. Rushmore, haciendo eco de ese fatalismo que tan bien define al conjunto madrileño y al inexplicable, según algunos, apego que sus hinchas tienen hacia él. Y es que el equipo colchonero integra todas las listas posibles de clubes mufa alrededor del planeta fútbol, en algunos casos ocupando el puesto más alto.

Quince años han pasado desde el histórico doblete de los Pantic, Kiko, Caminero y compañía y desde entonces sólo corren lágrimas a lo largo y ancho del Manzanares, a excepción, eso sí, de la Europa League de los Forlán, Agüero o Tiago en el 2010. Decenas de humillaciones en derbis contra el eterno rival, esperanzas perdidas en noviembre cada año, una directiva que nunca ha contado con el respaldo de la grada, fichajes inexplicables, entrenadores de renombre que no dan la talla y, cómo no, ese recurrente halo de mala suerte que siempre rodea al cuadro rojiblanco. El caso es que siempre es algo externo lo que acaba por destrozar toda la planificación, temporada tras temporada.

“¿Qué me pasa, doctor?”, preguntaría el Atlético. “Pues tiene usted de todo, señor; pero alégrese, que no es el fin del mundo”, respondería el médico.

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Cesc es la clave

Los casi 40 millones de su fichaje por el Barcelona (34 + 5 variables) provocaron un aluvión de críticas que, con el paso del tiempo, el de Arenys se ha encargado de acallar. Y es que Cesc es actualmente el segundo máximo goleador del conjunto blaugrana en la competición doméstica, sólo por detrás del inalcanzable Leo Messi.

Fàbregas está en un sensacional momento de forma y, lejos de las predicciones agoreras que apuntaban a que no encajaría en el sistema de juego de Guardiola, está consiguiendo entenderse a la perfección tanto con Xavi, como con Iniesta, Thiago o el propio Lionel. A pesar de su magnífico rendimiento (incluidos dos goles ante el Levante en el último encuentro liguero), algunos dudan de si será titular en el clásico del próximo sábado en el Santiago Bernabéu.

Cesc podría ser la pieza clave en el entramado táctico de Pep para contrarrestar lo que Mourinho prepara. Si el portugués es listo, que lo es, buscará una sucesión de eventos similar a la de la final de la Copa del Rey de Mestalla, que se adjudicaron los blancos a merced de su máximo adversario, y no a la de la ida de las semifinales de Champions, en la que el Barça acabó imponiéndose por 0-2 con sendos tantos del actual, próximo y futuro ganador del Balón de Oro en todas las ediciones que usted pueda imaginar.

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El día que el Inter fue más Inter que nunca

9 de enero del año 2005. Estadio Giuseppe Meazza. Minuto 42 del segundo tiempo, con el resultado de Inter 0-2 Sampdoria.

El público nerazzurro, acostumbrado a tropiezos similares en su propio feudo, comienza a impacientarse: la toma con Mancini e incluso alguno que otro abandona el recinto.

El fatalismo interista alcanzaba su máxima expresión en el momento en el que Obafemi Martins controló la pelota al borde del área.

El partido no sirvió para nada tangible: no ayudó a la consecución de un título, ni siquiera a que el conjunto de Milán se acercara un poco más al liderato. No obstante, los aficionados recuerdan aquel encuentro tanto como el de la Copa de Europa ganada en Madrid en mayo del 2010. Y es que, si alguien quisiera explicar a un tercero qué es el Football Club Internazionale de Milano, solamente tendría que mostrarle este partido para describir de manera perfecta qué es el espíritu interista.

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La selección inglesa y el año de la marmota

“Ahora, nos pasa lo que antes os pasaba a vosotros. No hay confianza; nadie cree en el equipo”. Son palabras de un amigo inglés en las que compara a su selección con la española. Y es que son ya 17 los años que han transcurrido desde la última vez que los Pross se colaron en las semifinales de un torneo internacional de renombre (la Eurocopa de 1996, disputada en suelo británico y en la que los Gascoigne, Ince y compañía se cargaron en los penaltis del cruce de cuartos a los Kiko, Salinas y demás). Desde entonces, una y otra vez las expectativas se tornaron en decepciones y la esperanza en un fatalismo que nos recuerda al que sufrimos en la Península Ibérica durante más de dos décadas.

Jugadores de nivel los ha habido y los hay; la llamada Generación de Oro del fútbol inglés lo corrobora. Por su parte, el seleccionador, Fabio Capello, aporta todas las garantías que debe ofrecer el director técnico de un combinado nacional de este calibre, dejando a un lado los puntuales sistemas tácticos que el mismo pueda desplegar en una u otra ocasión.

Entonces, ¿qué es lo que falla? ¿Por qué, a la hora de la verdad, tropiezan con la misma piedra una y otra vez?

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