Mourinho-Toril, desencuentro con intrahistoria

Alberto Toril expresó su disconformidad con Mourinho a la Dirección de Fútbol del club ayer, en una reunión en el Santiago Bernabéu en la que estuvo Miguel Pardeza

Quién les iba a decir a Arbeloa, Coentrão y Marcelo que sus dolencias tras los últimos compromisos con sus países iba a poner de relieve un conflicto a pequeña escala entre el entrenador del primer equipo, José Mourinho, y el del filial, Alberto Toril, a causa del desarrollo y usufructo de la cantera blanca. La ausencia de los laterales titulares para el partido en casa ante el Celta la resolvió el portugués adjudicando a Essien el flanco zurdo –algo que dejó caer en la rueda de prensa previa, cuando dijo que había jugadores poco menos que obligados a adaptarse a esta posición, y dando a entender, por ende, que no iba a ceder esa responsabilidad a ningún canterano, como se había especulado los días previos. Aquel partido se ganó fácil pero apenas unos días después el Dortmund retrató al ghanés en esa posición y Mourinho empezó a coleccionar críticas, de las gratuitas, por su teórica terquedad: de ahí que en la previa ante el Mallorca, molesto y de nuevo puesto en duda por su insistencia en Essien, valorara en alto y en público por primera vez lo que opina de la gestión que en particular Toril está haciendo con Nacho Fernández, en el club desde los 11 años, defendiendo que “en el tramo final de su educación deportiva” existían “contradicciones”, aludiendo además al trastorno que al jugador puede generarle desempeñar una demarcación diferente en el filial respecto a las veces que aparezca con el primer equipo. Esta interpelación, que los medios interpretaron, como es usual, como un ‘dardo’, un ‘recado’, una ‘pulla’ y demás comodines, hacia Toril, la contestó el propio técnico del filial, sin entrar a matar, reponiendo que Mourinho tiene “una opinión muy respetable” y que “al fin y al cabo está por encima de nosotros, y procuraremos ayudarle”.

El incendio no habría sido tal de no ser porque en algunos medios no fueron estas declaraciones las que ilustraron la rueda de prensa, sino otras muy diferentes, también propias del momento de Mourinho frente al micrófono, y que relativizan el contexto: en ellas, el luso se refirió a Nacho (y su posible rol en el primer equipo) como “un problema”, a lo que Toril contestó lo contrario, apuntillando que podía “jugar en cualquier posición”, definición que cuadra también con el perfil del jugador en la página oficial del Real Madrid. Una vez dispuestas por estos medios las fichas para arrancar una nueva campaña en la que a Mourinho se le volvía a presuponer el atacante e incómodo compañero déspota, apareció Pardeza, miembro como director deportivo de la Dirección de Fútbol del club, para poner el paño caliente sobre la razón del entrenador del primer equipo: “Considera que la evolución natural de Nacho es jugar de lateral, que es lo mejor para que llegue a la élite, y así se lo ha transmitido a Toril: lo importante, al tratarse del primer equipo, es su opinión”. Y esta declaración, inocente y hasta cabal en cualquier otro momento, de Miguel, terminó por herir al técnico del Castilla, quien se presentaría ayer en el Santiago Bernabéu para transmitir su descontento a la Dirección de Fútbol, en una reunión donde además de Pardeza, estaban presentes Ramón Martínez, Paco de Gracia y José Ángel Sánchez. En ella, Toril se autoproclamó una víctima de Mourinho, criticó que el portugués se entrometiera en su manera de llevar al Castilla y llegó a decir que no se encontraba para nada a gusto con el luso por encima, presionándole y aconsejándole sobre su trabajo. Una vez calmado, a Toril, que renovó hace poco hasta 2015 por el club, se le transmitió la idea base de que su misión era ayudar al primer equipo formando a los jugadores para que en el momento de dar el salto para ayudar, se adaptaran rápido y no acusaran los problemas propios de un futbolista joven que se readapta a una posición distinta o a un estilo de juego alternativo.

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Ventajismo de mierda

Dura más la lengua que menos habla. A veces, las menos, literalmente: hay gente que ha sufrido, y mucho, por transmitir ideas. Otras, la mayoría, de manera metafórica y habitualmente más representativas. Nos pasa a todos siempre, al menos no una vez en la vida, sino al día, o a la semana, que nos equivocamos por confundir sujetos en comparaciones y pretextos: y cuanto más hay en juego, para todos los implicados pero sobre todo para uno mismo, menos miedo nos parece dar hablar. No es ejemplo de mucho en este aspecto pero sí hay que tomarlo como referencia: José María Del Nido, el imputadísimo, condenadísimo1 y aferrado en consecuencia a su sillón con una desvergüenza majestuosa, hablaba más antes, cuando no le habían caído todavía los años de cárcel encima (sí, cárcel), de cómo debían ser las cosas y de lo inmoral que era que no fueran como él quisiera. Fue el verano de la liga de mierda y la liga escocesa, del plañir con convencida fuerza sobre el precepto básico de cualquier protesta –no ser igual que los que más tienen-, palabras que alimentaron muchos titulares (gracias) y cuadraron papeletas en los escritorios de las redacciones respecto a las órdenes del día. Fue tendencia, entonces, hablar de cuánto recibían unos y otros por la venta de derechos de televisión, y sobre todo, porque esto nos encanta, compararlo con los números de otros equipos, en otros países, con los que establecer cualquier tipo de paralelismo en casi cualquier otro apartado de la costumbre debería nublar de rojo las mejillas al pregonero. Se levantó un encarnado debate sobre lo humano, lo injusto y lo desigual, que caló hondo en una sociedad que además venía de una protesta de marca registrada en una plaza madrileña, que por circunstancias aisladas, se recogió –con otro garbo- en esos países en los que tanto añoramos reflejo. Algunos periodistas deportivos, por supuesto, se valieron de esa coyuntura, se anudaron bien fuerte la bufanda de su equipo al cuello y reclamaron también lo que creían que le correspondía, daba igual el que fuera, con tal de ser otro distinto a Real Madrid y Barcelona. Fue una intentona de rebeldía modesta bastante cutre, que por desgracia adquirió un tinte sólido cuando dio la mano a otro tema distinto, pero paralelo, como el de los impagos a los futbolistas, que gripó el inicio de la Liga y obligó a buscar hueco a la primera jornada en mayo del año siguiente.

Como es habitual, el arranque despectivo de Del Nido podía haber quedado en apenas un enlace en internet que retroalimentara el eco continuo de algún hipocampo aislado, pero sobre todo afín y desinformado, a lo que otros les quisieran contar. Pero dio la casualidad, y esto lo da el tiempo, de que Del Nido utilizó uno de los peores ejemplos que podría haber usado: al Levante. Cuando los granotas, claro, estaban a un año de hacer historia. “No es de recibo que salga a competir con siete millones, y Barça y Madrid con 150”. Fue el preámbulo a su estallido más mediático: “O arreglamos esto, o esta liga es la mierda de Europa2. Y eso que hace tiempo –tres años, en concreto- que la IFFHS (que está para creérsela o no, según cada uno) no baja a la española del primer puesto. De esos números, claro, no se hace eco ningún periodista salvo el consecuentemente definido como carcamal que se enorgullece del potencial futbolístico de su país reconocido en información de agencia para filtrar. El caso es que Del Nido, para hiperbolizar la comparación, usó al Levante en julio. Y estos no solo llegaron a ir líderes de la Liga tras dos meses de competición3, sino que comieron todo el año en puestos europeos, rubricando en agosto el pase a la Europa League4, donde tras tres jornadas ocupan un destacado segundo puesto en su grupo.

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El balón sobre la estelada

Cuando el primer Barça de Guardiola atestó el culatazo, por entonces con aire definitivo, al Real Madrid en la nuca el día que los madrileños celebraban el 201 aniversario del levantamiento que arrancó la Guerra de la Independencia ante los galos, encarriló un acto de ensueño que terminaría liquidando con los tres títulos más grandes a los que aspira cualquiera, resueltos en apenas dos semanas. Fueron los blancos sujeto y predicado en la derrota, pues aun adelantándose en el marcador, movidos por la sinergia de la pelea y la remontada, fenecieron bajo el rodillo de un proyecto que avanzaba a golpe de goleada, pasional e incontenible. En aquel partido, el de los seis proyectiles en la sien, Puyol marcó de cabeza (antes de prolongar a España a la final del Mundial, un año después, de la misma suerte), y en la celebración –pues era el gol con el que ellos remontaban-, corrió desatado a la banda, deshizo la señera de su brazo y la besó al tiempo que la enseñaba a la grada del Bernabéu. No se habló tanto de aquel gesto, entonces, porque se definió natural, y porque todavía no había estallado la última y grotesca guerra político-futbolista del país, que iba a enfrentar, desde las sillas más cómodas de los despachos, a los dos gigantes, únicos capaces de resistir como en su día Madrid, y como en su día Francia, a la llamada beligerante del verbo. Aquel desencuentro acabó como acabó: con un Madrid inerme y un Barcelona convencidísimo de todo, más que nunca, de haber conquistado tierra hostil grabando su nombre en la placa del trofeo y además, blandiendo la sangre y el oro ante quienes ellos consideraban, con permiso de la interpretable historia, opresores. Claro que aquella burbuja todavía no había explotado.

No hubo que esperar demasiado. Pasaron once días y el Barcelona viajó a Valencia, para medirse al Athletic en la final de Copa. En la previa, no pocos comerciantes de ideas movieron la acción, más propia de una guerrilla desinteresada y vacua, de azuzar a todos, rivales y propios, vascos y catalanes, a defenestrar el himno español que marcha antes del partido, a silbarlo y deshonrarlo. Advertidos de la presencia de independentistas de ambos bandos, y en previsión de que éstos decidieran, en el calor de la multitud y la indignación (como el pueblo de Madrid en 1808), lanzarse a implementar el mal por las calles, se dispuso la telaraña policial. La televisión pública sería la encargada además de retransmitir el partido en directo, como mandaba la tradición y el estatuto oficioso. Consta que los minutos previos a la salida de ambos equipos al césped de Mestalla inyectaron adrenalina en las salas de realización. Titubearon un poco en la antesala con idea de esconder un torpe acto técnico, con alguna entrevista a destiempo que, oh casualidad, no permitiera conectar en directo con la interpretación del himno español y el consecuente rugido de una masa casi tan autónoma como autómata. Y salió bien, todo lo bien que cabe esperar de algo así. Por entonces no había redes sociales en las que este tipo de directos fueran castigados por la voz colectiva del anonimato: pero sí hubo víctimas, y además, pronto. Al día siguiente de tal manipulación interesada, rodó la cabeza de Julián Reyes, director de deportes de TVE, quien resistió impávido la cruenta bajada de la hoja de la guillotina. Le había terminado de sentenciar una frase, la de Juan Carlos Rivero, quien al descanso del partido y tras seguro alguna discusión acelerada, se sacudió la responsabilidad adjudicando la no retransmisión del himno humillado a “un error humano1. En ese periodo de descanso se sacó a la luz el momento, pero con los silbidos editados, obra sencilla y, como casi todo lo sencillo, vil. El juego no iba a terminar ahí. También tenían órdenes los realizadores de evitar enfocar a la grada, para huir de esteladas e ikurriñas; y este concepto no triunfó tampoco, pues primero el mismísimo Rey tuvo que aguantar una de las primeras a pocos metros en el palco2, y después Puyol hizo entrar en razón a un Piqué de 22 años recién cumplidos que pretendía subir con otra a recoger el trofeo, tras la celebración. Ahí poco tenía que ver ya Madrid; el problema era con España.

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Mourinho, el Camp Nou y las cuentas pendientes

Corría el 31 de mayo del año 2010 cuando José Mario Santos Mourinho Félix llegaba a la capital de España para firmar por el, según muchos, él mismo entre ellos, equipo más grande de todos los tiempos. El preparador luso se acomodaba en la silla y dejaba ya sus primeras perlas, entre ellas una que servía de declaración de intenciones para compañeros y adversarios:

“En mi diccionario no existe la palabra miedo y no quiero que figure en el de mis jugadores”.

Es cierto que el carácter atrevido y arrogante de The Special One casa con la frase de marras, pero nada más lejos de la realidad: a la primera ocasión que José pisó el Camp Nou como técnico del Real Madrid, sufrió un inolvidable correctivo en forma de mano abierta. Si echamos la vista atrás, recordamos al mismísimo Maxi López derribando un muro débil y agrietado, a Didier Drogba protagonizando remakes de “Salvar al soldado Ryan” una y otra vez y, cómo no, a Samuel Eto’o de lateral izquierdo.

Mucho ha llovido desde entonces. Mou consiguió consolidarse como dueño absoluto de la parcela deportiva del club madrileño, expulsando a Jorge Valdano y colocando a su amigo Jorge Mendes como una especie de gestor de la plantilla y beneficiario de numerosas comisiones fruto de fichajes, algunos más acertados que otros, y de renovaciones como la de Ricardo Carvalho, descartado posteriormente por el técnico de forma un tanto misteriosa. Al otro lado, la afición: esa fiel hinchada merengue, unida toda ella, cuyo único interés era el Real Madrid, el club, el escudo, la historia, ahora dividida; unos, reproduciendo todas y cada una de las palabras del divino entrenador, cuales papagayos de los Trópicos, dogmatizándolas, glorificándolas; otros, que, haberlos haylos, preocupados por la pérdida de algunos de los valores que siempre han caracterizado al cuadro de Concha Espina y por que el fin justifique los medios.

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Mourinho y el periodismo del insulto

Una de las cosas que, en círculos cerrados, he desechado siempre del periodismo es que lo más revelador, lo más escabroso, rara vez se publica y se pone al alcance del receptor para que juzgue; y si se hace, es siempre bajo un dictado todavía más gráfico de una forma superior, no tanto en jerarquía como en acceso a los pomos de las puertas que durante la vida pueden abrírsele o no a un profesional. Partiendo de este hecho, conocido por todos los que conviven con la profesión aunque por razones razonablemente lógicas difícilmente reconocido, por lo mismo que apenas unas palabras atrás comentaba, apremia el cuestionarse hasta qué punto el periodismo, y muy en particular el deportivo (que por desgracia fagocita, por tamaño, fuerza y presencia, cualquier otra especialidad del mismo al menos aquí en España, país del corral de comedias y descansillo) se entregue no ya a la verdad, sino al mínimo exigible de la neutralidad. Sobre todo ahora que, ya unas décadas después de todo, hemos entendido y figurado de mil maneras que la objetividad es un buen lema pero un mal recurso, en tanto que lo objetivo encarna probablemente el estado más mentiroso de lo subjetivo. Periodismo deportivo neutral: y he aquí que a uno se le levantan los pelos del brazo como cuando recuerda alguna canción de la infancia, los alaridos de un herido en la carretera tras un accidente o la irregular respiración de nada en una habitación a oscuras, de madrugada. No entiende la empresa, y menos aún quienes las manejan, de rigor y de reproducción automática de contenidos. En distinguirse está el valor añadido, de ahí que para distinguirse, hayamos comulgado con interpretar, interpelar, dorar en sensacionalismo cada primera intención, y, sobre todo, dejar que información y opinión se maten a bocados en un callejón sin salida. Es rentable, y fascina, que la gente dé la nota.

Durante los últimos tres años, el periodismo deportivo en España ha entendido mucho de dar la nota. Santiago Segurola, un amable y fino literato, durante mucho tiempo admirado, y no sin razón, por su subjetividad (pluma al servicio de la interpretación, en crónicas, artículos y columnas; un mal necesario, y edificante), jugó a los médicos y, radiografía en mano, detectó rápido el problema, eso sí, fuera de España. Habló en La Gazzetta, y así como quien susurra indecoro a su novia en un vagón de metro, sentenció: “Mourinho es el principal factor de transformación del fútbol español en un lodazal1. Tal atrevimiento, alejado de las fronteras, encontró eco enseguida en ese avispero que es la red, pues de las múltiples responsabilidades que podrían exigírseles a Mourinho acerca de tantos temas como a casi cualquier otro profesional, médico, empresario o periodista, cabría descartar el de atraer los medios hacia sí mismo. Porque Mourinho no va a la montaña, pero la llama, y la montaña va a él, aunque tenga que arrastrar con ella a toda su flora y fauna: merecerá la pena atenderle. No, decididamente no es culpa, no por supuesto únicamente como diagnosticó Segurola, haberse convertido en objeto casi insustituible de ficciones, opiniones y confidenciales: antes hablaba del carácter empresarial de los medios. La ecuación la resolvería incluso una oveja mascando a dos carrillos, entre balido y balido. Mourinho vende. Mourinho atrae. Mourinho es la diana. A por él. Los primeros en arrancar la guerra, dicen que por razones de despacho, fueron los medios y periodistas afines a Prisa, con nombres y apellidos, alineados con el ente inidentificable referido al comienzo; la suerte, la moral, la justicia. A los relatos bélicos de Diego Torres2, y los aplausos sordos a su alrededor de quienes bajo su mando aspiran a escribir como él (bien), se unía el tañido de los lemas en otros medios. Y como funciona, vende y genera ruido, el resto han ido detrás.

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Laberinto sin salida para Cesc

Reunidos de una parte Pep Guardiola, el ideólogo del fútbol particular del Barcelona en el último lustro y de la deuda moral que ha contraído por ello con sus aficionados, burgueses del toque, y por otra Tito Vilanova, quien ahora controla los mandos todavía sin firmeza pero con las mejores y todavía más altruistas de las intenciones, acuerdan: que la transición lenta, paciente y apoyada en el usufructo de parcelas sin habitar sobre el césped, efectivamente no solo no favorece a ciertos jugadores, sino que además generan una tediosa franja entre el convencimiento de éstos para consigo mismos y la interpretación de los demás en función de su rendimiento. Esto es; que a Cesc Fábregas, contra todo lo que se vendió en su día cuando Wenger era el malo, el Barça le queda todavía un pelín grande en función del talento exponencial que habita dentro de él y que por circunstancias de la producción debe retener en demasiadas ocasiones, dentro de un concepto colectivo donde él no es, como lo era en Londres, el eje ni tan siquiera un escudero de raza. Cuando un futbolista se hace importante desde joven en un aspirante y enseguida se exagera exponenciando sus capacidades para colocarlo, casi en un gesto más político que deportivo (suerte que Mascherano encontró nicho de mercado en el centro de la defensa), en un grande de los de verdad, la impresión puede ser la misma que cuando un meteorito pretende romper la tierra pero se queda en cuatro piedras al contacto con la atmósfera.

El problema de Cesc, que es evidente que lo hay, más allá de lo que costara (y sigue costando) y de lo obstinado de su movimiento a Barcelona hace apenas un año, ambos vértices a tratar en otro espacio, quizás el de las comparativas absurdas o fuera del espectro objetivo que ocupa el hablar de fútbol, es que está jugando con miedo a equivocarse. Dice el ‘Mono’ Burgos que el peor enemigo de un futbolista es la duda, y Cesc está dudando más que nunca. Primero, porque aquellos de los que a priori debía recoger el testigo no fallan nunca, y cuando lo hacen, hay doble red debajo que no sólo absorbe la caída sino que además los devuelve impolutos al escenario, sin media arruga siquiera. A los 25 años, la presión de ser importante en el que viene de ser el mejor Barcelona de la historia (título que todavía mantiene, aunque su crédito no vaya a ser eterno por razones puramente obvias) es demasiado alta, y contrasta con haber sido el niño mimado de la capital inglesa durante temporadas, con su brazalete, su irreductible capitanía y su casi intachable buena prensa, mérito importante por aquellas tierras. Y segundo, porque en España nunca ha habido paciencia, menos cuando el mínimo exigible es responder a lo que se espera de ti (que es mucho); de ahí que el jugador arriesgue menos y, una vez abandonada la neura del ‘falso nueve’ que exprimió Pep y quiso retocar Del Bosque (con discutibles resultados), juegue al primer toque o con cambios de banda presumibles y sencillos, que desconciertan a la grada.

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Párala otra vez, Iker

“Si mis críticos me vieran caminar sobre el Támesis, dirían que es porque no sé nadar”, Margaret Thatcher

Hay algo, más allá de lo obvio, que estrecha las carreras del búlgaro Dimitar Berbatov y el portugués Joao Moutinho: los dos chocaron en momentos clave de sus rumbos, con una década de diferencia, contra una leyenda en vida del fútbol mundial, entrenada y preparada para frenar cualquier intento de alegría natural (la que patrocinan los aciertos), que además ha recordado a la débil y cómoda conciencia del aficionado que el espectáculo va mucho más allá del marcador, y que en el fútbol por suerte hay más de una salsa, la de los goles, en la que mojar. Cuando Iker Casillas tuvo que saltar al verde de Hampden Park el 15 de mayo de 2002 ante el Leverkusen por el dolor de su compañero y némesis César Sánchez (por poco no en activo todavía), estaba a cinco días de cumplir los 21, edad a la que lo habitual es soñar, cuando él ya tenía el canto de la mano hecho callo de firmar autógrafos. Berbatov nacido cinco meses antes, ya tenía esos 21, e igualmente se encontró con la circunstancia de un remero caído por el que entró en calor antes de tiempo, dando el relevo menos dulce. Agonizaba el partido en Escocia, y Berbatov tuvo dos, tras sendos saques de esquinas casi consecutivos y desde ambos flancos: Iker las sacó. Dos paradas por las que parece no pasa el tiempo, pero sí. Aquel fue el año como profesional que menos jugó, y eso que llegó a los 40 partidos entre todas las competiciones.

Diez años después, el 27 de junio de 2012, el portero también fue decisivo, circunstancia que nunca le pareció pesar. Fue en otro escenario, con la selección, pero también en el marco europeo una vez había conquistado dos años antes el Mundial, y de pasada, ya más atrás en el recuerdo, otra Eurocopa. Valores increíbles para cualquier futbolista de la historia que él y unos cuantos más han repetido como quien desmenuza pan duro. En esta ocasión, el especialista Xabi Alonso se había regalado un fallo demencial desde los once metros en la tanda de penaltis; y a la réplica lusa avanzaba Moutinho, que este verano ha costado al comprador enamorado tanto o más como en su día Berbatov al United de Ferguson. Dio varios pasos pintureros y erró el lanzamiento, porque Casillas lo adivinó. Esa cualidad majestuosa del mostoleño de revertir el curso lógico de las cosas y hacer celebrar errores ajenos, aunque haya más de acierto propio en esas citas, es quizás lo que le ha hecho pasar inadvertido entre las letras y los reconocimientos. No está bien vista la figura de quien detiene, y tan bien, el artificio formal del fútbol, de quien corta esa salsa de los goles. Nunca puede ser premiado quien trabaja para que los demás no celebren, aunque sea a favor de que lo hagan los suyos. Sería incoherente para con el sentido del espectáculo, aunque no así del deporte. Cuando Casillas sacó aquellas dos pelotas a Berbatov en 2002, Moutinho tenía 15 años, y llevaba año y medio tan solo en el hoy club de sus amores, el Sporting de Portugal. O de Lisboa, según lo pedante.

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Una Supercopa para parecer grande

Hubo un tiempo, no muy lejano, en el que no sólo el Real Madrid, sino también su afición y consecuentemente sus aficionados con altavoz en los medios, parecían conformarse con dejar buena sensación ante el Barça, que para cualquier otro, era suficiente. Las recientes caídas por 2-6 (con Heinze o Gago en el campo, Juande mandando, y tras él, Faubert y Drenthe esperando tener minutos) y 5-0 (en el bautismo del primer proyecto de Mourinho) ante el considerado por demasiados el mejor equipo de la historia habían untado de respeto y decepción tanto a los jóvenes como a los mayores. Posteriores derrotas, por la mínima, siendo remontados, luchando por tener la pelota (ese dogma infeliz…), con Pepe de mediocentro o Coentrão de lateral derecho, revelaron un complejo indudable, atado a un ramillete sangrante de nervios, que en vísperas de los choques (muchas veces en los minutos justamente previos) no se resolvieron con exactitud. Se dieron muchas vueltas y se plantearon muchas preguntas, fundamentalmente en la grada, ese frío rincón al que muchos no quieren rendir cuentas, pero al que todos deben lo que son. Que pregunten si no, si es mejor tener a la afición a favor, o en contra, ante un rival de entidad y con un título, mayor, menor o mediano, en juego. Desde mayo de 2010 todas las explicaciones corren a cargo de Mourinho, que a veces quiere darlas, y a veces disfrazarlas. Y con su estilo, peor o mejor valorado por absolutos nadies, nunca se ha escondido, salvo quizás, cuando se ha quitado del medio, sobreexcitado o aburrido, para no exponerse a la picadora de carne que es la prensa española.

La transformación del Madrid de Mourinho frente al Barça ha sido lenta y, durante tramos, penosa. Después del puñetazo del 5-0, ya imborrable y lema visual en HD del mejor fútbol que ha desplegado el mejor Barcelona en varios puñados de décadas, el luso contuvo la respiración porque supo que armar a las escuadras más fuertes del país, el continente y el planeta terminaría derivando en múltiples cruces, con diferentes premios en juego, que podrían sacar lo mejor o lo peor de cada uno. Durante un tiempo fue lo segundo. Tras el sórdido empate a penaltis de abril de 2011, con la final de Copa en mente (y con la hostelería de Valencia tras el burladero, babeando), llegó el éxtasis. El primer título dirimido entre ambos se lo llevó el Madrid de Mourinho, que batió al Barça fuera de su calor y asfixiándole a cortes y minutos, con un salto olímpico de Cristiano sobre Adriano. No había pasado tanto tiempo, en realidad, como parecía desprenderse en la previa: el de Setúbal sólo había dirigido al Madrid dos veces contra el Barça antes, de las que había arrancado un triste punto y una gloriosa (para el fútbol) derrota. Pero era tan atroz la sed de sacarle del país, porque muchos no soportaban su rudo saco para con la prensa, que cualquier avatar del deporte era una zanja en la credibilidad. Por fin ganó el Madrid, pero lo peor estaba por llegar: del doble enfrentamiento en Champions y Supercopa de España, entre abril y agosto de 2011, mejor quedarse con los goles, Abidal levantando la copa en Londres (una vez la hubo rechazado Xavi) y si acaso, el conato de reacción de los blancos durante algunos de los 360 minutos, siempre a remolque no tanto en el marcador como en las pulsiones. Aquel Madrid estaba ansioso.

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La virtud en el vicio de Muniain

Pegado a la siniestra, amenazaba con centrar su peligro e implicar en su defensa a más hombres que abejas saltan a perder la vida para defender el hogar y su vianda en bruto. Con el único apoyo de su edad para llevarla cerca del pie, y animado por gritos desde todas partes (campo, banquillo, grada), el hirsuto y enconado chico centella, de paso con los mayores y nunca fuera del círculo de los mínimos competitivos, alternaba faenas de aplauso, durante su jornal, con escapadas de ocio propias a su línea vital y ajenas al sacabocado del personaje público que, por definición, es un futbolista en España. No tardaron, como corresponde al hambruna editorial adoquinada a la estrategia de comunicación cómoda, en ponerle un cojín sobre la silla para que empezara a ver el mundo desde la azotea de precios, novias, valores y significantes. Porque a Muniain no se le podía perder como futbolista, pero mucho menos como jugador, ese alter ego de cada uno de los que el público llama enseguida a ser grandes, o medianos en el menos reconocido de los casos. Podía regatear bien y afilar la admiración en la banda, con recorte hacia dentro y una diabólica capacidad de poner nerviosos a todos, propios y ajenos, sobre su definición y su respuesta. Era todo peligro, y ni tenía los 18. Un valor demasiado propio como para sacar la calculadora y pensar en el pan para hoy antes que en la potencial rentabilidad del mañana, con él a tu lado, arrimando el hombro y sacando del fuego las castañas llovidas desde la defensa.

Muniain creció como crece la mayoría de chavales de barrio reclutados por el fútbol y no para él: con la pelota. Y con la pelota quiere irse, tanto que incluso cuentan que la llevaba al baño de pequeño, antes de salir de casa y dejar el barrio, este que mostraba orgulloso antes de que le filtraran una recomendación. Cuida tu imagen, chico, porque ya no eres el niño que zigzaguea entre bancos e incívicas cagadas de perro, eres una palpitante esperanza del fútbol español, aquel que por suerte o por desgracia (sentimentalmente, lo primero; formalmente, lo segundo) es ahora referencia, como síntoma y como signo, tanto si sale bien como si no. Aunque este año 2012 el Athletic, despacho en el que escribe Muniain sus renglones torcidos pero naturales y libres, vaya a cumplir 114 inviernos, muchos han disimulado que lo conocían hasta que arribó el perfecto perdedor Marcelo Bielsa, que intenta, trabaja y genera simpatía por, según cuentan, ser insoportablemente extraño. Con la explosión del equipo y la subida de la marea, muchas de sus figuras quedaron encalladas en la orilla. Dos de ellos ya dieron la voz de socorro y quizás la afición no se lo perdone jamás, porque es inherente la leal memoria a aquel que siente el fútbol como una orden limpia y fuera del carril de la concupiscencia, y ahora más que nunca la gente espera que ese niño prodigio que suma cinco veranos sonando y generando comparativas fláccidas y por inercia haga un gesto para casa y llame al orden, pese a la losa de la edad y a los gritos de los que no quieren entender, que por ella le prejuzgan.

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Racing, penúltimo latido en el desierto

El 13 de abril de 2012, viernes, la atención de los medios deportivos españoles sólo entendía de un nombre y medio. Guardiola hablaba en una rueda de prensa, Karanka lo hacía en otra. El recreo mediático no entendió de mucho más aquel día; las previas a los partidos se visten desde hace dos años de un color genuino, el de la exposición a las cámaras y las conexiones en directo, con apasionados apuntadores implorando no perder un ripio que dé consistencia a alguna historia banal, alejada, rocambolesca, algún tipo de párrafo de ficción que poder firmar para limpiar una conciencia con el yugo de la represión laboral ceñido, sin ahogar, en torno al cuello. Hablaron Guardiola y Karanka y tampoco pasó demasiado, pésima noticia para el amarillo. Uno dijo que querría alargar la competición, otro que Mourinho tal vez volvería a hablar algún día. Era suficiente, ya habíamos oído lo que queríamos. Estajanovismo reverencial y la ética de la superación por una parte, y la constante, consciente y sana servidumbre laboral por la otra, sin mayor gloria ni mayor reporte para dos partidos que se resolvieron, con más o menos incertidumbre, a favor de los inoportunos gloriosos contra Sporting y Levante, simpáticas rémoras del flujo informativo diario en su escala más reconocible, con apenas dos horas de diferencia. Aquel viernes 13, caramelo inagotable de los chistes y el recuerdo siempre nostálgico del cine de terror, parecía terminar ahí, en vender dos partidos pseudo-intrascendentales con el cartel reflectante de una liga amortiguada por la inmensidad de dos proyectos, irrebatibles, que lo pueden todo, incluyendo una autoconfirmación que se sale del paralelismo expuesto por Jorge Bucay.

No fue, en cambio, un viernes cualquiera en otro rincón del país. Aunque a veces se pierden sus identidades en la espesura, en la liga española juegan otros 18 equipos cada fin de semana, y uno de ellos aquel día sufrió un fuerte golpe en el pecho. Mientras seguían los ecos sobre las palabras huecas de Guardiola y Karanka, un entrenador de Primera división pasaba la noche en el hospital, por precaución, tras sufrir una taquicardia fruto, en primer lugar, de la delicada situación de su equipo, también instruida en la tragedia familiar que le había golpeado apenas un mes antes. Álvaro Cervera, técnico del Racing, fue a entrenar aquel viernes a La Albericia pero no lo hizo, porque sintió que su equipo agonizaba deportivamente y que él, que había perdido a su padre justo tras debutar como entrenador del equipo ante el Barça precisamente, no iba a poder hacer gran cosa por evitar que todo el engrudo innombrable que por desgracia envuelve a la institución terminara engullendo al valedor consorte del dorado Pacto de Llanes, leyenda norteña. El Racing rodaba ladera abajo y Cervera, que hizo detenerse varias veces al autobús de su anterior equipo, el Recreativo de Huelva, para negociar en condiciones su contrato con los santanderinos (donde rindió en su etapa de juador), ni pudo ni supo ni alcanzó a reaccionar.

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