Del Bosque, vete ya

No había noticias suficientes para cubrir el ataúd, los nombres de jugadores que caían en el nacarado INEM del fútbol no parecían lo suficientemente relevantes, y ni tan siquiera los reclamos publicitarios sexuales, inherentes a la prensa deportiva, iban a proveer sensaciones mágicas o diferentes a la previa de la Eurocopa de los complejos. Por eso, el discurso viró enseguida hacia un tema por entonces vacuo y baladí: la continuidad o no de Vicente Del Bosque al frente de la Selección una vez acabada la Eurocopa, y sin ser necesariamente vinculante el resultado en ésta. Un resultado que (y esto lo hemos tenido hasta la sopa), animaba más al fracaso, ya sabéis, porque no iba Adrián, porque llamó a Arbeloa, etcétera. Una suerte, en todo caso, que la pléyade abducida de críticos hoy hablen con un tono más grave de lo habitual gracias a los cuatro mordiscos que dio la mejor selección de la historia al conato de suciedad, etiquetada como ‘biscotto’, con el que quisieron vincular la competitividad española en otro (y son muchos) claro ejemplo de hasta qué punto vamos a tener que pagar ser gigantes, y todo lo que ello conlleva. Las risas con los árbitros en el túnel de vestuario antes de los partidos no se pagan solas, como tampoco las miradas de reojo, en diagonal, del rival que sabe que sólo traicionando el espíritu de este deporte (y de casi cualquiera) se puede fingir estar a la altura. Como cuando un firmante, gurú en la medida de lo posible, conoce de la importancia de Wikipedia para mantener su status como tal, cuando hay alguien, en algún lugar, que habla conociendo, no copiando. Más de uno empeñaría capital y órganos porque el inventito coral y sencillote de Wales y Sanger, pero allá cada cual con donde deja su ropa sucia. A lo que íbamos. Del Bosque y su continuidad.

Del seleccionador se han escrito tantas aberrantes medias verdades que da pereza desgranar e intentar deslegitimar cada una de ellas a través del teclado. Para eso está el balón. Para eso se juega al fútbol. Por eso el tiempo, aunque no siempre, termina siendo juez implacable. Lo sabía Rousseau, el hombre utópico por excelencia, que probablemente no concebía una sociedad tan esclava del minutaje y del corto plazo, pero corto por falto, no por breve. Para repasar los méritos de Del Bosque no hay que echar un ojo a la sala de trofeos, porque significaría relativizar y menospreciar la labor del entrenador, multiplicada en un buen puñado de subtareas de las que ningún adalid de la comunicación ha sabido nunca teorizar. Allá ellos. Con la calma y la dignidad incorrupta del que aparta un coleóptero de la solapa en un paseo por el Retiro a finales de junio, Del Bosque ha ido siendo manteado por profesionales forjados en la derrota, dolidos en el agravio y tercos por la victoria, que poco o nada tienen que reprocharle. Los éxitos han caído de maduros, pero ese árbol debía sujetarlo alguien. Lo reconoció el propio entrenador en varias ocasiones, y sin rubor: cuando cogió a la selección campeona de Europa en 2008, los poderosos (oficiales y oficiosos) poco menos que le insinuaron con aroma a Maquiavelo que no tocara nada, porque aquello era angelical. Hoy echamos la mirada atrás y temblamos. ¿Marchena? ¿Güiza? ¿Fernando Navarro? ¿Juanito? ¿En serio no debía  retocarse aquello? No hombre, no. Este grupo caduca, y con él, nombres de gente a la que el tiempo respeta especialmente poco. Y que merecen, dicho sea de paso, todo el reconocimiento que en su día ganaron entre los cuatro vértices que marcan los campos de fútbol.

Leer el resto de esta entrada »


Una de encasillamientos

¿Os acordáis de Fernando Llorente? Sí, “el chico aquel que salió contra Portugal en el Mundial” y cinceló en dos golpes de tronco a tres defensas y medio (Pepe, Carvalho, Bruno Alves y Ricardo Costa) durante 31 minutos, desorientando el esquema de lo práctico y deshollinando el perfil de ataque de un equipo que bastante había tenido con el susto del debut. Probablemente, el gigante feliz, prudente y racional que lleva el nueve de verdad (no sólo el de la camiseta) en el Athletic más desafortunado pero mejor valorado que se recuerda en la última década esté describiendo, a su pesar, una de las más claras historias de encasillamiento de un futbolista que se recuerda. A su pesar porque no es demérito suyo, porque es algo que, por circunstancias de la producción informativa, escapa a su rendimiento y su realidad, quedando exclusivamente en manos de los sabedores de fútbol y de los desfigurados amigos que aconsejan al oído con voz dulce mientras encañonan los riñones del que decide. De Llorente se recuerda únicamente aquel partido, del que van a cumplirse ya dos años, y no el doblete contra los gigantes lituanos en Salamanca o el gol salvador, apenas unos días después, y saliendo del banquillo, contra un Escocia romántica que se encontró las cosas demasiado cuesta abajo para tener enfrente a toda una recién campeona del mundo.

Tampoco hay mucha gente dispuesta a levar la voz tirando de libreta y lápiz (necesario, por los borrones) con el monstruo de los argumentos, la estadística, recordando que ésta ha sido su mejor temporada goleadora (29 tantos), dejando en el purgatorio de los humillados, y con mucho, a los segundos mejores del Barça (Pedro, Alexis, Villa por razones obvias y otros nueves del montón), casi triplicando la cifra de Fernando Torres (11 goles este año en casi medio centenar de partidos con el Chelsea, 21 meses sin marcar uno oficial con España hasta que se desquitó contra Irlanda), y por encima también de Higuaín (26), por soltar retales de listones adorados, biennombrados y casi inmunes a la duda o el debate, impermeables a la crítica, protegidos insignes de los que mandan, que por necesidades del guión de este telefilme dominical de pacotilla, suelen ser también los que menos empeño ponen en saber. Llorente clavó este año goles en el Bernabéu, en Gelsenkirchen y en Old Trafford, a vuelapluma tres escenarios de ensueño para llevarse la mano al escudo y éste, a los labios por agradecer a los que sueñan con ser como él que condicionen su fin de mes por patrocinar también sus afonías en la grada, pero en las quinielas, los rellanos, los bares, las salas de prensa y los interesados ágapes a gastos pagados, sea tabú nombrarle como opción por delante de otros o de cualquiera, según la falta que parezca hacer echar mano de su dedicación.

Leer el resto de esta entrada »


El fantasma del gol de Suiza

“Gol de Suiza”. Con esta breve intervención derrumbó Ángel Luis Rubio Moraga, Doctor en Ciencias de la Información y Licenciado en Periodismo, el silencio que hasta ese momento envolvía el aula donde un puñado de idealistas y otro, más pequeño, de nihilistas vocacionales, copiaban o recordaban apuntes para salvar la media en el examen de Historia del Periodismo Español*, asignatura de penúltimo año de carrera. La clase estaba abarrotada, no en vano Ángel Rubio se había ganado la fama de ser un profesor razonablemente permisivo respecto a las trampas en los exámenes y además, los solía corregir al alza. Una asignatura con él era un aprobado seguro, y el notable costaba menos que criticar, ya de por sí sobradamente fácil. Por si fuera poco, su rictus galán también gustaba a las chicas. A algunas, claro, por la erótica innombrable atada del relato de servidumbre entre superior y súbdito; a otras, sólo por si hacía falta en una posible revisión. En todo caso, aquel 16 de junio, con el sol ya apretando sobre la facultad de Ciencias de la Información de la Complutense, y con el Mundial de fútbol ya en juego, había más alumnos que alumnas. Lógico pues que, ante el interruptus con la noticia del gol de Suiza en el debut de España, la mayoría levantara la cabeza y durante apenas tres segundos, se intercambiaran murmullos que originaron un revuelo anecdótico entre las hojas de examen. Se escuchó al final del aula, porque el partido había comenzado a la misma hora que la prueba y ésta ya afrontaba su recta final: “Habrá sido el de la honra, ¿no?”. El profesor, consciente de que había despertado a demasiadas fieras, sacudió la cabeza, dejó caer los párpados en un gesto de condescendencia, recordó con un ademán que estaban haciendo un examen de universidad y se limitó a contestar: “No, 1-0”.

Con el amargor de haberme perdido el debut de inicio, y ya azorado por aquella noticia derrotista que seguía en vivo, rubriqué la prueba cuanto antes, tamizando la ambición y resolviendo el que era uno de mis últimos exámenes de la carrera sin revisarlo apenas. Volví a casa en coche, tan rápido como las normas de circulación me permitían, por supuesto con la radio de fondo. Torres envió un disparo a la grada. A Navas le tembló el pulso dentro del área. “Si llega a entrar lo de Alonso…” comentó un par de veces, demasiado seguidas y con un extraordinario deje pesimista, preparando la venda. Lo de Alonso fue un derechazo al larguero cuando Suiza no se había encontrado el único gol del encuentro de rebote. Gelson Fernandes, el ejecutor de aquella desgracia necesaria, sólo ha marcado 4 goles más desde entonces en un total de 64 partidos. No era su sino despertar a una España extasiada en el orgasmo del éxito mediano, posteriormente y por suerte aliviado en Johannesburgo menos de un mes después, pero se encontró una pelota a un metro de la línea de gol y la empujó, sin que Capdevila, ya fuera de todos los planes de los llamados a revalidar sonrisas, pudiera hacer nada, y toda vez que Casillas, con una desafortunada salida, y Piqué, desorientado y torpe, habían fallado antes. Aquel patinazo despertó la ansiedad de las sabandijas, porque ocurre que los adjetivos positivos suenan ñoños y por ende restan credibilidad, pues parecen destacar la pasión por encima de la razón. De ahí que a muchos les encante moverse en el fango y tirar de recetario negro, pues la crítica encarnada es tomada por valiente, libre y verosímil. Lo que decía antes: “el notable costaba menos que criticar”.

Leer el resto de esta entrada »


España; El mundo como voluntad

Cuando España aterrice el Día Mundial del Medio Ambiente en el LechWalesa Airport de Gdansk, donde disputará seguro los tres primeros partidos de la Eurocopa y, según pase ese primer filtro, quizás también los cuartos de final, quizás ya sea plenamente consciente de que el pasado castiga más que premia. Era el leit-motiv de la campaña publicitaria que apoyó la presentación de la nueva camiseta de la Selección, y también uno de los verbatims más sólidos de Arthur Schopenhauer, natural precisamente de Gdansk. Cualquiera que le haya leído (u oído hablar de él) convendrá en que el filósofo alemán (pues nació en la Gdansk pre-prusiana) no era precisamente el alma de la fiesta, y aprehenderá entonces que a España le va a tocar recorrer, además del empedrado de la ciudad de Gniewino (donde se hospedará1), el del césped, uno menos concesivo y donde el azar además del talento deciden si la experiencia ha valido la pena para aprender y celebrar, o solamente para aprender. Pues si de algo se aprende, es de eso precisamente, de torcerse el tobillo entre las rocas.

Como quiera que sea que probablemente ni Serbia (que jugará ante una España en cuadro, sin los finalistas de Copa del Rey), Corea del Sur ni China parecen a priori compañeros demasiado incómodos en el paseo a Gniewino, el ejercicio más poderoso de reinvención y consolidación tendrá que librarse dentro de las conciencias de cada uno de los 23 jugadores que Del Bosque decida, sorteando palos y zanahorias, a mediados del mes de mayo, entre tauro y géminis. Tras Sudáfrica, España ha pasado por varios traumas que muchos afines han querido negar en un idioma abocado al fracaso, el del forofo, y además ha estado expuesto, como es evidente cuando de carne y sangre se trata, a temores infundados provocados por una rivalidad infecta entre Barça y Madrid2, por suerte o por desgracia los colosos que sustentan al combinado que pretende revalidar título y crearse un nombre para la posteridad con el dichoso ‘triplete’ (Euro-Mundial-Euro) el 1 de julio en Kiev. Una fecha en cuyo santoral, por suerte o por azar, se ha colado un polaco3.

Leer el resto de esta entrada »


Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.