En búsqueda de la perfección

Junio de 2008. Nadie imaginaba que aquel día 22 sería sólo el comienzo del viaje. La mezcla de euforia con la satisfacción de haber roto el maleficio que persiguió a la Selección durante 24 años no nos hacía ver más allá; ya estábamos contentos con haber pasado los cuartos, más si cabe cuando la gesta se había producido contra la gran Italia y en la tanda de penaltis.  ”Esta es la nuestra. Hay que ganar la Eurocopa como sea”, me decía un amigo, cuyas palabras oía pero no escuchaba, saciado, al haber acabado con la obsesión, con la paranoia de los cuartos. España estaba en semifinales de una competición internacional. Lo nunca visto.

Llegó entonces la exhibición contra Rusia y la final contra Alemania en el Prater de Viena. El gol de Torres, el partidazo de Senna, el torneo de Xavi, la culminación de un estilo, de una manera de ver la vida. Eramos campeones de Europa de la mano de un entrenador que sólo había recibido críticas hasta antes de comenzar el campeonato. Empezó el sueño.

Junio de 2010. Se acercaba el comienzo del Mundial. España era favorita al título; esta vez no sólo lo aseguraba la soberbia y engreída prensa de nuestro país. Lo decían todos. Y, no sólo estaba entre las postulantes, sino que era la candidata, la que todos temían, la que envidiaban puertas para adentro y atacaban públicamente.

“España necesita que le pongan arcos a los lados”, decía Diego Armando Maradona, en referencia a la incapacidad de la Selección para anotar tantos. “¿Candidato? ¡Joder!”, decían en el país del jugador más grande de todos los tiempos, en lo que a la postre se convertiría en el hazmerreír, el símbolo de la derrota más humillante.

Pasábamos rondas mientras las conjeturas sobre la invalidez del doble pivote se iban apaciguando. La realidad iba devolviendo a los bufones a sus palacios de madera y paja, a los payasos a sus circos. España se había convertido en un equipo ultra competitivo gracias a Vicente Del Bosque, que entendió a la perfección lo que necesitaba el conjunto para poder tener la oportunidad de alcanzar la gloria. Y es que en la Copa del Mundo no sólo bastaba con jugar bonito, divertir al espectador; había que competir, que correr, que sangrar (que se lo digan a Gerrard Piqué), que estar en los momentos clave. “La Roja”, como los dueños de la otra mitad de la moral odian que se le llame a un equipo que ni les va ni les viene, se convertía en campeona del mundo con todos los honores.

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España; El mundo como voluntad

Cuando España aterrice el Día Mundial del Medio Ambiente en el LechWalesa Airport de Gdansk, donde disputará seguro los tres primeros partidos de la Eurocopa y, según pase ese primer filtro, quizás también los cuartos de final, quizás ya sea plenamente consciente de que el pasado castiga más que premia. Era el leit-motiv de la campaña publicitaria que apoyó la presentación de la nueva camiseta de la Selección, y también uno de los verbatims más sólidos de Arthur Schopenhauer, natural precisamente de Gdansk. Cualquiera que le haya leído (u oído hablar de él) convendrá en que el filósofo alemán (pues nació en la Gdansk pre-prusiana) no era precisamente el alma de la fiesta, y aprehenderá entonces que a España le va a tocar recorrer, además del empedrado de la ciudad de Gniewino (donde se hospedará1), el del césped, uno menos concesivo y donde el azar además del talento deciden si la experiencia ha valido la pena para aprender y celebrar, o solamente para aprender. Pues si de algo se aprende, es de eso precisamente, de torcerse el tobillo entre las rocas.

Como quiera que sea que probablemente ni Serbia (que jugará ante una España en cuadro, sin los finalistas de Copa del Rey), Corea del Sur ni China parecen a priori compañeros demasiado incómodos en el paseo a Gniewino, el ejercicio más poderoso de reinvención y consolidación tendrá que librarse dentro de las conciencias de cada uno de los 23 jugadores que Del Bosque decida, sorteando palos y zanahorias, a mediados del mes de mayo, entre tauro y géminis. Tras Sudáfrica, España ha pasado por varios traumas que muchos afines han querido negar en un idioma abocado al fracaso, el del forofo, y además ha estado expuesto, como es evidente cuando de carne y sangre se trata, a temores infundados provocados por una rivalidad infecta entre Barça y Madrid2, por suerte o por desgracia los colosos que sustentan al combinado que pretende revalidar título y crearse un nombre para la posteridad con el dichoso ‘triplete’ (Euro-Mundial-Euro) el 1 de julio en Kiev. Una fecha en cuyo santoral, por suerte o por azar, se ha colado un polaco3.

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