Messi, Iniesta y Alexis

Trece puntos separaban al F.C. Barcelona del Real Madrid a las 21:39 de la noche de ayer, justo cuando Pablo Piatti anotaba el primer gol del partido que enfrentaba al conjunto catalán y al Valencia, haciendo así sonar las alarmas en el Camp Nou y, de esta forma, volviendo a generar un debate un tanto aburrida en la que la palabra crisis es máxima protagonista. Después, todos fuimos espectadores cómo esa discusión se despejaba, una vez más, gracias a una nueva exhibición del que para algunos es el mejor jugador de la historia.

Con Getafe y Pamplona en la memoria, las dudas y, sobre todo, el miedo que sobrevolaba el estadio barcelonés quedaron dilapidados en menos de lo que canta un gallo. Una vez más, la actuación individual de uno de los componentes del cuadro culé sobresalió por encima del colectivo, algo que en los últimos tiempos se está convirtiendo en habitual, mientras que hasta hace no mucho contradecía la base sobre la que descansaba tan exitoso club: el concepto de equipo.

No es que la filosofía de Guardiola se haya transformado, sino que la competición al más alto nivel provoca una serie de situaciones, de cambios, para los que una escuadra de la talla del Barcelona tiene que estar preparada. Y en eso, en levantarse de los golpes, en continuar tratando de mejorar aunque los encuentros acaben con goleadas a favor…en definitiva, en adaptarse al medio, el Barça es el mejor y, por ahora, no tiene rival alguno.

Hace apenas dos años, cuando los azulgrana habían alcanzado el súmmum de la exquisitez futbolística, el de Sampedor dio con la tecla que, al pulsarla, les haría pasar de ser grandiosos y envidiables a ser contundentes e imparables: la solidaridad entre compañeros en los distintos lances del juego, el rigor táctico y, por encima de todo, la construcción de una defensa implacable de la que nacieran la superioridad en la posesión del balón y la creación de infinidad de ocasiones de gol. Ahora, y con siete títulos más en las vitrinas, Pep conoce que, a pesar de que los suyos no estén tan en forma como de costumbre, el nivel de competitividad no está obligado a descansar en el colectivo, como antes señalábamos.

Leer el resto de esta entrada »


Desmontando a los mejores

Los datos son como las miradas: siempre buscan un objetivo. Una estadística, aun sin contexto, lleva una intención no manifiesta, pero siempre latente. Por eso, como nos enseñó Leslie Artz en Lost1, conviene manejar las estadísticas con pulcritud y sencillez, si de verdad queremos vender una afirmación como una confirmación. A veces, tanto en la vida como en el periodismo, esa dimensión perpendicular, el hambre por vender una mentira como una verdad piadosa a través de los números queda en calzoncillos cuando, además, lo utilizamos para inferir banalidades y extrapolarlas a un concepto etéreo, como, por ejemplo: ¿Quién es mejor, Messi, o Cristiano Ronaldo?

Hace unos días, Ángel Luis Menéndez (@almenendez en Twitter) sentenció a medias que no había comparación posible. Obviando los números del omnisciente zurdo que gambetea por donde quiere y al que Cruyff, más interesado que ningún otro, ya ha colado en el Olimpo futbolístico, Menéndez dedicó tiempo (quien sabe si horas o días) a escudriñar las estadísticas goleadoras de Cristiano para inventar una fábula que socavara aún más la historia de deméritos del portugués, que más allá de toda su fachada, tiene que bracear cada segundo contra una insistente corriente de indocumentados que intentan deslucir su rendimiento como profesional a toda costa.

Hete aquí que el producto de Menéndez, castigado por el partidismo más obvio, dio de bruces con la realidad, atroz e incómoda enemiga del forofo. Pero aun así vio la luz un artículo timorato, flojo y desganado, con un par de reclamos casi futboleros, titulado “El goleador mentiroso”2, que afirmaba, con total rotundidad, que los 81 goles logrados por Cristiano en Liga desde su llegada al Real Madrid solo habían dado tres puntos a los blancos, una historieta que aplaudió la cohorte alineada del momento (psicótica del promedio y la mediana), sin tan siquiera plantearse la veracidad (ya no verosimilitud) del artículo, que asomaría la careta en Público.es con fecha del 13 de diciembre del presente año que resopla por terminar.

Leer el resto de esta entrada »


Regreso al futuro en 90 minutos

El partido decisivo, el “todo o nada”, una final antes de tiempo. El encuentro de esta noche es la enésima final para una Argentina que no conquista un título de selecciones absolutas desde 1993. Enfrente, la Costa Rica del flaco Campbell, dispuesta a amargarle la vida a la anfitriona.

La Rumanía de Hagi en el ’94, Holanda en el ’98 y  Alemania en 2006 y 2010, sin olvidar la paternidad futbolística de Brasil sobre la albiceleste en lo que concierne a las últimas ediciones de la Copa América. Los verdugos son muchos, demasiados, y todos ellos de renombre. Sin embargo, el rival de hoy, el más débil de todos ellos, podría ser el que asestara el último golpe, el que acabara con la paciencia de un aficionado incapaz de soportar más decepciones.

El hincha argentino está demasiado acostumbrado a la épica, la mística, las corridas memorables, la pasión por la camiseta, el ídolo y el monoteísmo. Se busca eternamente un diez y la prensa ofrece imitaciones que despiertan el interés del comprador. Se apela a antiguos valores como la garra, la lucha, el amor por los colores o el trabajo, se señala a determinados jugadores y se les tacha de culpables de la derrota de turno, pero se olvida lo más importante: el fútbol.

Argentina no es perspicacia y entrega, ni tampoco un prefijo telefónico de tres cifras. Argentina es la gambeta y el potrero; la técnica de Aimar, la contundencia de Batistuta, el carácter de Passarella o la zurda de Kempes. No es un individuo, por muy endiosable que éste sea, sino un equipo de fútbol que siempre nos ha representado a todos los que amamos este deporte.

El aficionado sigue estancado en 1986, como si ese año hubiera supuesto el comienzo de una guerra civil interminable, sin querer mirar hacia adelante. El hincha exige un futuro pero el presente lo construye con imágenes del pasado; admira al individuo y le reza a una divinidad inventada y comercializada, ignorando lo pesadas que son esas cadenas vestidas de gloria y éxito.

Argentina ganará. Vencerá y conseguirá enterrar su pasado futbolístico. Lo hará hoy, mañana o dentro de una década. Pero triunfará Argentina, ganarán todos. No lo hará Agüero, ni Pastore, ni tampoco Tévez. No lo hará Messi.

Y, por supuesto, no lo hará Diego Armando Maradona.


Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.