Ventajismo de mierda

Dura más la lengua que menos habla. A veces, las menos, literalmente: hay gente que ha sufrido, y mucho, por transmitir ideas. Otras, la mayoría, de manera metafórica y habitualmente más representativas. Nos pasa a todos siempre, al menos no una vez en la vida, sino al día, o a la semana, que nos equivocamos por confundir sujetos en comparaciones y pretextos: y cuanto más hay en juego, para todos los implicados pero sobre todo para uno mismo, menos miedo nos parece dar hablar. No es ejemplo de mucho en este aspecto pero sí hay que tomarlo como referencia: José María Del Nido, el imputadísimo, condenadísimo1 y aferrado en consecuencia a su sillón con una desvergüenza majestuosa, hablaba más antes, cuando no le habían caído todavía los años de cárcel encima (sí, cárcel), de cómo debían ser las cosas y de lo inmoral que era que no fueran como él quisiera. Fue el verano de la liga de mierda y la liga escocesa, del plañir con convencida fuerza sobre el precepto básico de cualquier protesta –no ser igual que los que más tienen-, palabras que alimentaron muchos titulares (gracias) y cuadraron papeletas en los escritorios de las redacciones respecto a las órdenes del día. Fue tendencia, entonces, hablar de cuánto recibían unos y otros por la venta de derechos de televisión, y sobre todo, porque esto nos encanta, compararlo con los números de otros equipos, en otros países, con los que establecer cualquier tipo de paralelismo en casi cualquier otro apartado de la costumbre debería nublar de rojo las mejillas al pregonero. Se levantó un encarnado debate sobre lo humano, lo injusto y lo desigual, que caló hondo en una sociedad que además venía de una protesta de marca registrada en una plaza madrileña, que por circunstancias aisladas, se recogió –con otro garbo- en esos países en los que tanto añoramos reflejo. Algunos periodistas deportivos, por supuesto, se valieron de esa coyuntura, se anudaron bien fuerte la bufanda de su equipo al cuello y reclamaron también lo que creían que le correspondía, daba igual el que fuera, con tal de ser otro distinto a Real Madrid y Barcelona. Fue una intentona de rebeldía modesta bastante cutre, que por desgracia adquirió un tinte sólido cuando dio la mano a otro tema distinto, pero paralelo, como el de los impagos a los futbolistas, que gripó el inicio de la Liga y obligó a buscar hueco a la primera jornada en mayo del año siguiente.

Como es habitual, el arranque despectivo de Del Nido podía haber quedado en apenas un enlace en internet que retroalimentara el eco continuo de algún hipocampo aislado, pero sobre todo afín y desinformado, a lo que otros les quisieran contar. Pero dio la casualidad, y esto lo da el tiempo, de que Del Nido utilizó uno de los peores ejemplos que podría haber usado: al Levante. Cuando los granotas, claro, estaban a un año de hacer historia. “No es de recibo que salga a competir con siete millones, y Barça y Madrid con 150”. Fue el preámbulo a su estallido más mediático: “O arreglamos esto, o esta liga es la mierda de Europa2. Y eso que hace tiempo –tres años, en concreto- que la IFFHS (que está para creérsela o no, según cada uno) no baja a la española del primer puesto. De esos números, claro, no se hace eco ningún periodista salvo el consecuentemente definido como carcamal que se enorgullece del potencial futbolístico de su país reconocido en información de agencia para filtrar. El caso es que Del Nido, para hiperbolizar la comparación, usó al Levante en julio. Y estos no solo llegaron a ir líderes de la Liga tras dos meses de competición3, sino que comieron todo el año en puestos europeos, rubricando en agosto el pase a la Europa League4, donde tras tres jornadas ocupan un destacado segundo puesto en su grupo.

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El futuro es de Cavani

Minuto 80 de partido en el Friuli. El Udinese se impone con claridad al Nápoles por dos goles a cero. Se produce una falta al borde del área y Edinson Cavani, a pesar de haber fallado una pena máxima que podría haber puesto a su equipo a un solo gol del ansiado empate, agarra el balón y lo coloca, obviando la resignación y la impotencia que sentía apenas unos minutos antes. El uruguayo observa: la barrera, el portero, el cúmulo de jugadores que se agolpan en el área del cuadro blanquinegro… Apenas el colegiado hace sonar el silbato, el 7 del conjunto celeste dispara, imprimiéndole un suave toque con efecto a la pelota y aprovechando la mala colocación, tanto del muro de defensas, como del propio Handanovič. El cuero se introduce en la portería local, llevando la inquietud y la incertidumbre al frío estadio del noreste italiano. Y es que apenas cinco minutos después, el charrúa volvía a golpear, esta vez con un gran movimiento entre líneas y una definición digna de los mejores arietes del fútbol mundial.

Fue Cavani y no el Nápoles el que empató aquel partido. Fue el Matador, tal y como lo conocen en el país transalpino, el que gracias a su calidad, su técnica, su inteligencia y, cómo no, “el huevo”, que dirían los argentinos, que siempre muestra en el terreno de juego, igualó un choque de vital importancia para los suyos.

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Cuando Silva se regatea a sí mismo

Treinta y ocho pulsaciones después, cuando la mayoría empezaba a rebuscar refacción a la que entregarse, Silva Jiménez cruzó la pelota al primer palo, desde el flanco diestro y en diagonal. La red recogió lo redondo con suavidad, la arropó y la alejó del rugido que tronó en la sillería malacitana, noche modesta, celebrando el segundo gol de un equipo que venía de aburrirse de ser campeón, aturdido por ecos de pasados recientes que, con la velocidad de la nueva era de la comunicación, iba perdiendo brillo. El golazo del canarión enalteció, entre semana, a una hora difícil y en un contexto en el que el fútbol cada vez importa menos, el mimbre de un pueblo que prefiere seguir siendo objeto y no ejemplo de nada, ajeno al agravio que para el resto de Europa supone nuestra enfermiza adicción al fútbol –y que dure-. No fue ese 2-0 un gol cualquiera: fue otro gol reivindicativo, otro palo a los de casi siempre, que dominan ese mercado del refuerzo negativo como nadie y a los que, con o sin excusa, nunca está de más recordar lo inútiles que fueron cuando dejaron pasar la oportunidad de ficharle, en lugar de dilapidar los fondos en gente de fuera, fría, anónima, de firma convenida. En Coentrao, vamos.

Ocurre que, por una sofisticada razón del mercado informativo que tenemos a bien ignorar, coincide que cuando juega la Selección española, todos sus jugadores están bastante más accesibles que durante el resto de la temporada, donde el grueso manto de sus clubes y sus celosos agentes tapona lo que, en la mayoría de los casos, muchos convendrían en definir como el periodismo imaginativo, la productividad artística que en algunos manuales marxistas se ha negado en cualquier idioma. Con Silva, ese niño tímido y en teoría formal y ejemplar de las islas, no iba a ser distinto salvo, claro está, cuando él lo quisiera así: en torno al canario se han escrito, a lo largo de los dos últimos años, innumerables letras de las que sobresale la palabra “genio”. Y tampoco es casualidad, porque el chico ha tenido que salir, emigrar y que paguen una fortuna por él, para que de puertas hacia dentro tomemos conciencia del valor de lo nuestro. Pero no os llevéis a engaño: pasa siempre. Por eso Bale nos parece mejor que Jordi Alba, Götze mejor que Muniain, Wilshere mejor que Thiago o Thiago Silva mejor que Botía: es norma común casi del mercado y del siempre agradecido y pedante paladar futbolero recién nacido. En el momento en que Silva voló a Manchester los caros seguramente merecían ser otros; pero es tema pasado, y tema pasado, no mueve el agua. Menos aún la estancada.

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La selección inglesa y el año de la marmota

“Ahora, nos pasa lo que antes os pasaba a vosotros. No hay confianza; nadie cree en el equipo”. Son palabras de un amigo inglés en las que compara a su selección con la española. Y es que son ya 17 los años que han transcurrido desde la última vez que los Pross se colaron en las semifinales de un torneo internacional de renombre (la Eurocopa de 1996, disputada en suelo británico y en la que los Gascoigne, Ince y compañía se cargaron en los penaltis del cruce de cuartos a los Kiko, Salinas y demás). Desde entonces, una y otra vez las expectativas se tornaron en decepciones y la esperanza en un fatalismo que nos recuerda al que sufrimos en la Península Ibérica durante más de dos décadas.

Jugadores de nivel los ha habido y los hay; la llamada Generación de Oro del fútbol inglés lo corrobora. Por su parte, el seleccionador, Fabio Capello, aporta todas las garantías que debe ofrecer el director técnico de un combinado nacional de este calibre, dejando a un lado los puntuales sistemas tácticos que el mismo pueda desplegar en una u otra ocasión.

Entonces, ¿qué es lo que falla? ¿Por qué, a la hora de la verdad, tropiezan con la misma piedra una y otra vez?

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